Diego del Campo
Diego del Campo y los orígenes del modelo franco-español.
English Summary: This article examines the Diego del Campo–Guillermo Moreo pack, probably printed in Toledo c.1550–1566 and currently the oldest known complete Spanish-made pack. It places the cards within the early Franco-Spanish pattern, showing how a French-derived design was adapted to Spanish use. It also reconstructs Del Campo’s career as a French immigrant and Toledo cardmaker, his connection with the city’s persecuted Calvinist community, and the impact of the 1565 auto-da-fé and the 1566 Spínola monopoly on the local card industry. Finally, it discusses Del Campo’s remarkable claim, in a petition to Philip II, that he was the first man to make playing cards in Spain - a claim clearly contradicted by earlier evidence.
As de oros y reverso punteado de la baraja de Diego del Campo, con el escudo de los Reyes Católicos y el águila bicéfala de los Habsburgo rematada por la corona imperial de Carlos V. Arriba a la derecha se muestra la marca del administrador. © Museo de la Baraja, Madrid
Evidentemente, el naipero Diego del Campo no fue “el primer hombre en hacer naipes en España”, aunque así se declaraba él en una carta dirigida al rey Felipe II y que comentaré al final de este trabajo. Lo que sí es cierto es que la baraja¹ por él firmada –junto a Guillermo Moreo– puede ser considerada, hasta el momento, como la más antigua de las que se conservan impresas en España, baraja de la que trataré en este artículo, junto a su contexto histórico y las pertinentes pruebas que avalan tal afirmación. Conviene precisar que cuando hablamos de baraja nos referimos a un elemento físico, a un conjunto variable de naipes utilizados tanto para juegos de azar como de recreo; y si bien es cierto que disponemos de muestras anteriores relacionadas con los naipes peninsulares éstas se limitan a no más de tres bien conocidos pliegos cuyo estudio aquí no procede. Igualmente, en el Museo Fournier se conserva una incompleta y primitiva baraja [Los Naipes, Italia 2], a caballo entre los siglos XIV y XV, cuya discutida vinculación con España parece problemática debido a una confusa simbología que combina elementos latinos con otros de claro origen centroeuropeo y que, en todo caso, no responde a ninguno de los modelos estándar registrados por la naipología.
LA BARAJA
Debemos puntualizar, en principio, que este mazo está compuesto por 48 naipes procedentes de más de una baraja, si bien todas las cartas tienen el mismo tamaño, similar reverso punteado y se encuadran dentro del primitivo modelo “Franco-español”, habiendo sido todas impresas, presumiblemente, en Toledo entre 1550 y 1566; asimismo, su autoría está compartida por dos nombres: mayormente, el ya mencionado Diego del Campo y, con menor representación, Guillermo Moreo. Se da, además, la feliz y extraordinaria circunstancia de que este Del Campo es uno de los escasísimos naiperos de los que disponemos de cierta información fiable, debida a los dramáticos acontecimientos en los que se vio involucrado y que trataré en el apartado correspondiente a su –más bien escueta– biografía.
Razonaré ahora por qué esta baraja es anterior a 1566 y no sabemos de ninguna otra, precedente a esa fecha, impresa en España. La fecha de 1566 es fundamental ya que, en ese año, una disposición real de Felipe II concedió a los banqueros genoveses Agustín y Lorenzo Spínola el monopolio sobre importación y fabricación de naipes en Castilla, con un control absoluto sobre su producción que incluso autorizaba a éstos a decidir dónde habían de elaborarse y cómo distribuirlos. Es a partir de la concesión de este monopolio cuando las barajas fabricadas en España se vuelven anónimas y desaparece el nombre del fabricante que es sustituido por leyendas más o menos abreviadas como “CON LICENCIA DEL REY NUESTRO SEÑOR” o “CON LICENCIA DE SU MAGESTAD”; asimismo, el nombre que identificaba al fabricante en las banderolas inferiores de alguna de las figuras determina ahora el lugar de producción, como puede ser Sevilla o Toledo. También se elimina cualquier referencia al naipero en el cinco de oros que, o bien se sustituye por otro símbolo o se rellena con fórmulas como “POR EL ADMINISTRADOR EN SEVILLA”.
Naipes de dos barajas anónimas, impresas en Sevilla y Toledo posteriormente a 1566. © de la fotografía Museo Fournier de Naipes de Álava.
No es éste el caso de la baraja de Diego del Campo donde en el cinco de oros, cuya moneda central reproduce un excelente de oro de los Reyes Católicos, podemos leer “FECHAS POR DIEGO DE CANPO EN LA CIDA DE TOLEDO”. Sólo sé de otro caso en el que se muestre el nombre del fabricante, si bien no se trata de una baraja sino de un pliego sin cortar impreso por Francisco de Cisneros en Sevilla en 1555, donde éste, modestamente, se identifica como “FRANCISCO DE CISNEROS EL PRIMERO EN SEVILLA”. El nombre de Diego del Campo aparece también en el as de oros, y en casi todas las sotas y caballos, así como sus iniciales en el as y en el cuatro de copas.
Doble excelente de oro de los Reyes Católicos que fue ampliamente reproducido hasta bien entrado el siglo XVIII. Cinco de oros de la baraja de Diego del Campo y del pliego de Francisco de Cisneros.
Como ya se ha dicho, entre los naipes de esta baraja aparecen también algunos firmados por Guillermo Moreo de quien, al contrario de lo que sucede con Diego del Campo, no dispongo de ninguna información. Si sabemos que los Moreo era una poderosa familia de comerciantes, radicada en Nantes, que tenía puntuales tratos con Castilla, pero lo más probable es que se tratara de un naipero residente, como Del Campo, en Toledo.
Naipes con el nombre o las iniciales de Diego del Campo. © Museo de la Baraja, Madrid
Naipes de la baraja de Del Campo-Moreo. © Museo de la Baraja, Madrid
Naipes con el nombre o las iniciales de Guillermo Moreo. © Museo de la Baraja, Madrid
Si analizamos los naipes descritos en el libro Los Naipes² y conservados en el Museo Fournier³, comprobamos que las escasas barajas más o menos completas –y descartando las referencias a naipes sueltos– son ya del siglo XVII y o bien carecen del nombre del fabricante –sustituido por las consabidas licencias reales o administrativas– o bien proceden de la potente exportación francesa hacia España, comercio este de extraordinaria importancia y que merece que lo tratemos en una adenda al final de este trabajo. Estas últimas sí estaban perfectamente identificadas, con nombres como los de Iehan Bolay, Jehan Prou o Ioan Grosset, incluyendo ocasionalmente el lugar de procedencia, como podía ser Thiers.
Naipes de cuatro barajas francesas comercializadas en España. © de la fotografía Museo Fournier de Naipes de Álava.
En 1575 la sociedad formada por los Spinola quebró, entrando en suspensión de pagos. En ese mismo año la administración de los naipes en Castilla se dividió en tres distritos, siendo Toledo uno de ellos, declarándose obligatorio indicar en las barajas el origen o destino de las mismas; así en el pliego que se muestra abajo, y fechado ya en 1584 en el cinco de espadas, se comprueba que las únicas inscripciones se refieren a su origen toledano. Ya entrando en el 1600 nos encontramos con una baraja completa [ver página siguiente], posiblemente impresa en Sevilla, que incluso conserva la envoltura, pero que sigue siendo totalmente anónima, ya que la firma que figura en la cubierta, Joan de Santillana, es la del administrador no la del fabricante, y en la cual se repiten insistentemente las alusiones al REY y su destino “PARA TOLEDO”.
Conviene precisar que este regimen administrativo era válido en toda España, excepto para Cataluña, Valencia y las Islas Baleares.
Pliego anónimo, fechado en Toledo en 1584, tras la división en tres distritos de la administración de naipes en Castilla. Tiene el reverso punteado igual que la baraja de Del Campo-Moreo.
Baraja anónima, impresa probablemente en Sevilla en 1610, destinada al distrito administrativo de Toledo. © de la fotografía Museo Fournier de Naipes de Álava.
EL PRIMITIVO MODELO “FRANCO-ESPAÑOL”
Siguiendo las bien conocidas líneas que el clérigo sevillano Francisco de Luque Fajardo formuló en 1603⁴: “Cuatro cartas hallaréis en la baraja sin ropaje, adorno o compostura, que, siendo figuras, carecen deste nombre, conviene saber: as de espadas, as y dos bastos, dos de copas, los cuales, en estampa de Andalucía, todos tienen figuras de muchachos al desnudo”, Thierry Depaulis calificó a este modelo como de “Sevilla” o de “Andalucía” y, siendo indiscutible que éste era uno de los que se trabajaban en la capital sevillana, lo cierto es que el modelo procede de Francia, habiendo sido adaptado a la iconografía española partiendo del tipo “Provence”, como se muestra a continuación.
El primitivo modelo “Franco-español” según Phelipe Ayet, de Thiers (arriba); Diego del Campo, de Toledo (en el centro), y Francisco de Cisneros, de Sevilla (abajo).
Por otra parte, la imagen del muchacho –o muchacha– desnudo ya aparece en barajas francesas de principios del siglo XVI (Antoine de Logiriera, Martial Gué y algún que otro anónimo). Lo que sí es incuestionable es que es éste el primer modelo que puede considerarse estándar de los impresos o comercializados en España... y que la baraja de Del Campo-Moreo es el ejemplar más antiguo que se conoce del mismo.
1 cuatro de copas de una baraja de Antoine de Logiriera (1495-1518); 2 cuatro de oros de la baraja de Del Campo-Moreo. 3 dos de bastos de una baraja de Martial Gué (1538); 4 el mismo naipe de la baraja de Del Campo-Moreo.
La intraducible leyenda “GROSSVSUS NONVS INPERATORIS ROMANORUM” fue ampliamente utilizada por los naiperos franceses. Sobre estas líneas, a la izquierda, cinco de oros de Jehan Volay, de Thiers; a la derecha, de un autor anónimo de Burdeos.
Para rellenar la inscripción de la moneda central del cinco de oros se optó, entre algunos fabricantes franceses, por una disparatada leyenda que mezcla el anverso y el reverso de una moneda francesa, grossus turonus, circulada en Tours, como puede verse en la imagen de la izquierda.
El primitivo modelo “Franco-español” fue evolucionando hacia el ya propiamente nombrado “Franco-español” o, también, “Gótico-catalán”, siendo éste ampliamente difundido tanto por los Rotxotxo, como por naiperos franceses como Jehan Virida, Jehan Volay, Joseph Bertoin o Benoist Lajus, cuyos productos se comercializaban generosamente tanto en la península como en las provincias ultramarinas españolas. El siguiente paso devino en el modelo “Nacional”; si bien su influencia se puede adivinar también en otros tipos como el primitivo “Madrid”, el “Navarra-Pamplona”, el “Bolsa del dinero” o, incluso, el “Aluette”.
En la hilera superior, naipes del modelo “Provence” impresos en Montpellier; abajo, la adaptación de esas figuras a la baraja española, según la baraja Del Campo-Moreo y la baraja “Para Toledo”. Como en todas las barajas del primitivo modelo “Franco-español” se utilizaba indistintamente dos tipos de sota de espadas.
DIEGO DEL CAMPO Y EL AUTO DE FE DE 1565
Diego del Campo⁵ era francés. Es sabido que en el siglo XVI –sobre todo tras la firma, en 1559, de la Paz Cateau-Cambrésis entre España, Francia e Inglaterra– una gran cantidad de ciudadanos franceses abandonó su patria huyendo de las guerras políticas y de religión que asolaban el superpoblado país vecino o, simplemente, en busca de una vida mejor dentro de una sociedad que, supuestamente, les ofrecía mayores oportunidades de desarrollar sus oficios y habilidades; y si bien es cierto que este movimiento migratorio se dirigió principalmente al reino de Aragón (se calcula que a finales del siglo XVI la cuarta parte de la población aragonesa procedía de Francia), otros muchos encaminaron sus pasos hacia las tierras de Castilla donde en Toledo, y entre 1519 y 1561, estaba asentada la Corte, con los correspondientes beneficios comerciales y de todo tipo que la capitalidad imperial suponía para joyeres, merceros y toda clase de artesanos que seguían habitualmente los pasos de la Corte. Algunos de estos inmigrantes franceses provenían de la potente y sobredimensionada industria naipera del país vecino, incapaz de asimilar toda la mano de obra disponible, por lo que muchos de ellos, tanto maestros como aspirantes a serlo, emprendían un periplo que, comenzando en el sur y oeste de Francia, continuaba por Logroño, Burgos, Valladolid y Segovia para terminar en Toledo... o en Sevilla, donde en el siglo XVI se concentraba el mayor número de naiperos de la península. En todas estas capitales encontraban el apoyo de otros fabricantes asentados, indefectiblemente franceses, que incluso les ofrecían trabajar en sus talleres. Así, encontramos a Nicolás Grosete, Leonardo Arlet y Damien Saúl en Logroño; a Felipe Suset en Burgos; a Bernabé Gascón y Juan Forsi en Valladolid; y a Corral y Jacques Sobret en Segovia.
Diego del Campo debió llegar a Toledo entre 1540 y 1550, alojándose en casa del también francés y naipero Juan Durán (Jean Durant), donde estuvo trabajando hasta montar su propio taller y domicilio en la plaza de La Concepción. No debe extrañarnos el inconfundible nombre castellano de este naipero (originariamente sería Des Champs) ya que era habitual entre algunos franceses castellanizar su nombre original; tenemos así, por ejemplo, el caso del mercero Berenger Chevalier que, en España, se hacia llamar Bartolomé Caballero. Este uso era también común en los españoles –sobre todo entre los soldados– que residían en otros estados eureopeos, cambiando su nombre según las circunstancias de cada país.
Sección de un dos de espadas firmado en Toledo por el francés Juan Durán (Durant).
Desconocemos el número de naiperos que pudiera haber en Toledo cuando se asentó allí Diego del Campo –exceptuando a Durán–, ya que los nombres registrados lo son a raíz de la llegada desde Evreux (Normandía), en 1556, de los hermanos Pierres y Gilles Tibobil, o Thibouville, y a causa del posterior proceso inquisitorial emprendido contra ellos. Tras un periodo de seis meses en el taller vallisoletano de Bernabé Gascón, ambos fueron a parar al obrador de Juan Durán hasta que, prudentemente casados con dos españolas, se instalaron en la plaza de Zocodover. Los Tibobil, hugonotes confesos, que habían huido de la represión católica en Francia, pronto atrajeron a un buen número de correligionarios (se estima que unos cuarenta), entre los que se encontraban varios naiperos, que se concentraban en el mesón del también calvinista Claudio Binçon, quien no aceptaba otros clientes que no fueran franceses y de su mismo credo. No obstante, cuesta entender que estos reformistas fueran a establecerse precisamente en Toledo, donde la Santa Inquisición disponía de un tribunal –como habían de comprobar– notoriamente activo y contundente. Así, en 1565, se contabilizaban en Toledo una veintena de naiperos, sumando oficiales y aprendices, y entre los cuales, al parecer, solamente había un español, Bartolomé Sánchez; algunos de ellos, como Juan de Saboya, Jacques Soret o Claude Xenten trabajaban en el taller de Diego del Campo; otros, tal que Margarín de Betencort (quien, por cierto, se casaría con la viuda de Juan Durán, Inés Gómez) o Miguel Varón, con los Tibobil.
Conviene aclarar –como bien determina Werner Thomas– que la relación entre estos franceses y la población autóctona era prácticamente inexistente; sólo se comunicaban entre ellos, reuniéndose, tanto para sus ritos como para sus negocios, en sus respectivos talleres o en el mesón de Claudio Binçon. Por supuesto únicamente hablaban en francés –también en normando y bearnes–, incluso delante de sus esposas españolas, de las que, al parecer, disponían más bien como tapadera y que, evidentemente –como se demostró en el posterior proceso judicial– ignoraban cualquier detalle de las actividades de sus maridos relacionadas con sus prácticas heréticas.
Quizás por un exceso de confianza, este grupo descuidó disimular sus movimientos, mostrándose, además, ajeno a participar en las habituales ceremonias y ritos católicos (misas, procesiones...), lo que no pasó desapercibido a los siempre atentos agentes de la Inquisición quienes, de todas formas, ya andaban detrás de esta comunidad semiclandestina.
Avisado Pierres Tibobil de que su círculo estaba siendo investigados por el Santo Oficio, éste se presentó de forma voluntaria –y ciertamente irresponsable– ante la audiencia inquisitorial para: “...negar la necesidad de las cruces en los caminos y afirmar que los luteranos eran buena gente. Se burló de rezar a los santos y a la Virgen María. Afirmó que no se podía adorar a las imágenes sino sólo a Dios. Y que había que ser muy crédulo para aceptar que una imagen de la Virgen (Nuestra Señora de los Ángeles, en Sevilla) estuviera hecha por mano de los ángeles” ⁶. Esta espontánea declaración dejó consternados a los buenos padres inquisidores quienes, tras un prudente periodo de reflexión (tres semanas), ordenaron el arresto de Pierres y, un mes después, el de su hermano Gilles. Este último, convenientemente “presionado”, no dudó en testificar, durante su declaración en la primera audiencia, contra el resto del cenáculo luterano, delatando uno por uno a todos los implicados.
Antes de la primavera de 1565 los inquisidores toledanos detuvieron a todos los miembros de la comunidad calvinista, acusándolos de “conspiración”, y si bien algunos consiguieron huir fueron apresados igualmente en Galicia y en Sevilla. Tras un breve proceso, once personas fueron condenadas a la hoguera, entre ellas cuatro naiperos: los hermanos Gilles y Pierres Tibobil, Juan de Saboya y Rogier Miguel. La sentencia se cumplió el 17 de junio de 1565 en la plaza de Zocodover. Otros dos, Pierres Lebel y Miguel Varón, fueron condenados a galeras. Claudio Binçon no confesó, aun habiendo sido torturado, y se le permitió seguir en Toledo bajo la prohibición de recibir franceses en su mesón.
Diego del Campo no estuvo en ningún momento involucrado en esta causa; es más, se sabe que alguno de los inculpados, como Margarín de Betencort, imploró su mediación ante el Santo Oficio debido a su nula implicación en los hechos juzgados y a no ser sospechoso de herejía para los inquisidores.
Tras estos terribles sucesos, ignoramos cuál pudo ser la situación del resto de los naiperos en Toledo, si es que quedaba alguno, aparte de Diego del Campo, pero, evidentemente, su número hubo de verse muy mermado. Por otra parte, el estanco concedido a los Spínola en 1566 tuvo que suponer la puntilla para esta industria en la capital toledana, dado que los genoveses parecían más interesados en otros centros de producción como pudiera ser Sevilla donde existía desde el siglo XV una potente industria naipera, y que, al amparo de la Casa de Contratación de Indias, contaba por aquellos años con casi sesenta fabricantes, éstos sí, españoles en su mayoría.
Pero no sólo sabemos de Diego del Campo por su relación, más bien marginal, con el auto de fe de 1565 sino, también, por una carta que, desesperado, este naipero remitió al rey Felipe II en una fecha aproximada a 1575. La carta, que expongo a continuación, se conserva en la British Library (anteriormente en el British Museum), si bien la he “traducido” en parte para una mejor comprensión de la misma:
"Diego del Campo, vecino de Toledo, dice que él fue el primer hombre que en España dio industria de hacer naipes, que hasta entonces siempre se traían de reinos extraños, cosa que aunque fue de tanto servicio como se sabe, a él le fue de mucho daño porque habiendo gastado su tiempo y trabajo en esto, y no teniendo otro oficio con que sustentar a si y su mujer e hijos sino hacerlos, se le ha estorbado de usar de él por respecto del derecho que Vuesa Magestad fue servido de mandar poner en ellos, que después acá no se le ha permitido labrarlos, y como él es viejo y no sabía ni había aprendido otro oficio deja a juzgar a Vuesa Magestad el daño que de ello se le siguió, que ha sido de manera que ha venido a tanta pobreza que no tiene otro remedio sino acudir a Vuesa Magestad, como lo hace, porque en consideración de haber sido su industria y trabajo causa para que a la Real Hacienda de Vuesa Magestad se haya seguido el provecho que de los naipes ha tenido y en recompensa del daño que recibió en habérsele estorbado que no trabajase en el dicho oficio solo que sabía y con que sustentar a su casa y familia, le mande Vuesa Magestad hacer merced del oficio de sellador de los naipes de Sevilla o Burgos que están vacantes de presente con lo cual se le satisfará el daño que en lo pasado recibió, y la pobreza que tiene y su vejez obligan a Vuesa Magestad a ello, por ser obra digna propia de su real costumbre hacerla a los tales y....”
En esta carta Diego del Campo se refiere, evidentemente, al ya comentado estanco de 1566 que puso en manos de los Spínola todo el poder y facultad para menejar el comercio y tráfico de los naipes a su antojo y que, como es de suponer, acabó con la ya maltrecha industria naipera toledana en beneficio de la sevillana y, seguramente, del inmenso negocio que suponía la importación francesa a la península. Ahora bien, cuesta entender la primera afirmación de la carta ya que él sabía perfectamente que no podía ser así (Del Campo entró a trabajar con Durán, quien ya estaba instalado en Toledo) y, por otra parte, sería difícil que pudiera confundir al rey en ese punto concreto. Del Campo no podía ignorar que, al menos desde el siglo XV, había naiperos en España (el registro más antiguo corresponde a un tal Jacobus Stulos, en 1421, por un documento notarial sobre un debitorio), así como del numeroso gremio afincado en la capital sevillana; es más, dos miembros del círculo de los Tibobil y Del Campo estuvieron trabajando esporádicamente en Sevilla: el infortunado Rogier Miguel con Hernando Díaz, y Pierres Lebel con el ya mencionado Francisco de Cisneros.
Desafortunadamente, ignoramos si la demanda de Diego del Campo fue o no atendida.
Medio pliego (recortado) de 24 cartas numerales conservado en el British Museum. En el tres de bastos y en el cuatro de copas las iniciales FT indican que está hecho en Toledo; en el dos de copas se muestra la fecha de 1587; no obstante carece de los muchachos desnudos en el dos y cuatro de bastos por lo que no se le puede encuadrar en un modelo concreto. © Trustees of the British Museum number 1896,0501.1346 ►
AGRADECIMIENTOS
Quiero y debo mostrar mi más sincero agradecimiento a mi amigo Víctor Ferro, por su indispensable ayuda y sus atinadas observaciones y sugerencias; a Edurne Martín, del Museo Fournier, por su siempre atenta disposición a facilitar nuestras consultas y peticiones; y, por supuesto, a Javier Gómez y Victoria Braojos, del Museo de la Baraja de Madrid, propietarios de la baraja Del Campo-Moreo, quienes me han permitido disponer de ella todo el tiempo necesario para poder desarrollar este trabajo.
Notas
- Quizás no sea correcto denominar “baraja” a un mazo que está compuesto por naipes de cinco procedencias distintas pero, hecha esta salvedad, utilizaré este término para la mejor comprensión del texto.
- Desde las referencias 2 al 18, exceptuando la número 9 correspondiente al catalán Pere Pau Rotxotxo y cuyo regimen administrativo era diferente al castellano. Este nombre, junto al del también catalán Joan Carmini (y ambos de procedencia francesa) son los primeros que aparecen en España identificando una baraja tras el estanco de 1566.
- No he tomado en consideración algún otro museo o institución, nacional o internacional, ya que en ninguno de ellos he localizado una baraja impresa en España en el siglo XVI.
- Francisco de Luque Fajardo: Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos. Madrid, 1604.
- Para la elaboración de este capítulo me he basado en los siguientes autores: Manfred Zollinger: L'Inquisition, le Monopole et les Cartiers en Espagne au XVIe Siècle; en: The Playing-Card, Vol. XXIX, Number 1. London; 2000. Werner Thomas: Los protestantes y la Inquisición en España en tiempos de Reforma y Contrarreforma. Leuven University Press, Leuven; 2001. Los límites de la sociedad mestiza. Artesanos franceses en España en el siglo XVI; en O trabalho mestico: meneiras de pensar e formas de viver - séculos XVI a XIX, Serviço de Biblioteca e Documentação da Faculdade de Filosofia, Letras e Ciências Humanas da Universidade de São Paulo. São Paulo; 2002.
- Michel Boeglin, Ignasi Fernández Terricabras y David Kahn : Reforma y disidencia religiosa. La recepción de las doctrinas reformadas en la península ibérica en el siglo XVI. Colección de la Casa de Velázquez, volumen 168. Casa de Velázquez. Madrid; 2018.
By Alberto Pérez González
Spain • Member since December 21, 2016
I am a researcher and my primary interest lies in playing cards manufactured in Cádiz (not the 'Cádiz' type in general). I have authored several articles in the annual Asescoin magazine 'La Sota'. Among them are: “Madrid’s Playing Cards from the 17th to the 20th Century”; “New Contributions to the Study of Playing Cards in the Valencian Country”; “The Fouquets: 'Navarra pattern' in the Netherlands”; “Divided Playing Cards: Combining Ingenuity with Skill”; “Here Be Dragons: Speculations on the Evolution of the so-called 'Portuguese' Pattern”; “Playing Cards in Chile: News and Chronicles from the Viceroyalty Era”...
I have written and designed the book “Los Naipes de Cádiz” (296 pp). Additionally, I have contributed to the design, layout, and collaboration in Enrique García Martín’s book “Naipes, Arte y Fantasía” (444 pp).
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