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Naipes en Chile

Published April 25, 2026 Updated April 27, 2026

Noticias y crónicas de la época del virreinato.

1556 ChileEstancoHistoryMonopoliesGallardoJoseph de los ReyesMartínez de Orteguilla

Chile dependía a todos los efectos, tanto administrativos como comerciales, del virreinato del Perú (1542-1824) por lo que se daba la paradójica circunstancia de que la flota que dos veces al año hacía la travesía desde Cádiz hasta la costa del Pacífico –en un viaje que se demoraba tres meses– pasaba de largo por las costas chilenas para descargar su mercancía en el puerto de El Callao de la Ciudad de los Reyes (hoy Lima), desde donde estas mercaderías, entre las que no faltaban los naipes, se distribuían hacia las diferentes demarcaciones y provincias que comprendían el extenso virreinato, incluido, por supuesto, el entonces llamado Reyno de Chile o Capitanía General de Chile.

As de oros de una baraja de Naypes Superfinos fechada en 1778. © Colección Museo Histórico Nacional

As de oros de una baraja de “Naypes Superfinos” fechada en 1778. Copyright© “Colección Museo Histórico Nacional”.

Sabemos, no obstante, de la existencia de naipes en esta gobernación al menos desde 1556, como lo declara algún que otro documento que informa sobre la venta y precios de los mismos; si bien desconocemos si estos naipes procedían de la fabricación local o eran producto de la importación... o del contrabando. Circunstancias que hubieron de cambiar al decretarse el monopolio y estanco de naipes en 1584.

Efectivamente, en este último año la Junta de Hacienda emite una Real Cédula por la que acuerda: “...el orden en que se ha de tener en la venta y distribución de ellos [los naipes] en aquellas provincias, visto y entendido que no hay puesto estanco en ellos como lo hay en estos Reinos de la Nueva España y que se han vendido y distribuido libremente a los precios que cada uno quiere”.

El asiento sobre la administración venta y distribución de los naipes en el Perú, Chile, Tierra Firme e Islas de Barlovento y otras partes, por tiempo de diez años, es concedido al regidor de Lima Juan Fernández de Herrera, en 1586, mediante un extenso y prolijo –como era acostumbrado– documento en el que se disponen cláusulas tales como: “Que dicho Joan Fernández de Herrera me haya de pagar y pague [al rey] por razón de este asiento en los diez años del 500.000 ducados que es a razón de 50.000 ducados que valen 18 cuentos y 750 mil maravedís en cada uno de ellos en dos pagas de seis en seis meses por mitad y pagando todo ello en oro o en plata en pasta quintada y marcada”.

No obstante, esta contrata con Juan Fernández de Herrera es completamente diferente a la adjudicada a Alonso Martínez de Orteguilla para el virreinato de Nueva España [ver LA SOTA 51, páginas 3 a 43] ya que, mientras que a este último se le permite tener fábrica de naipes en México, a Herrera sólo se le concede autorización para importarlos desde la península. Éstos, además, debían ser de elaboración sevillana, de los que se le permiten cargar 25.000 docenas de barajas anuales, más una cantidad indeterminada de barajas francesas, siempre que pasaran antes por Sevilla y se embarcaran en los puertos de Cádiz o de San Lúcar de Barrameda.

Dependiendo del número de barajas que se vendieran en cada provincia éste era, en principio, un buen negocio para el asentista, ya que si se le autoriza a traer 25.000 docenas anuales de barajas de Sevilla, esto es 300.000 barajas, él puede venderlas, en el peor de los casos, a ocho reales cada una, habiéndolas comprado a dos reales, con lo que, descontando otros dos reales de gastos, le quedan limpios cuatro reales por baraja, lo que monta cerca de 110.000 ducados, de los cuales tiene que pagar al rey 50.000 (en verdad, 48.000 por un arreglo con el monarca). Lamentablemente, las cuentas nunca se saldaban según estas previsiones, ya que, por ejemplo, Martínez de Orteguilla difícilmente conseguía colocar más allá de 9.000 docenas de barajas.

Para cerrar este capítulo y pasar a la crónica chilena, diremos que Juan Fernández de Herrera falleció en 1590, habiendo traspasado el asiento a su hijo, Pedro Fernández de Peralta, quien hubo de asumir parte de la deuda de 48.000 ducados debidos al rey. Deuda a la que no pudo hacer frente por lo que resolvió declararse insolvente e ingresar en prisión, dando lugar a uno de aquellos juicios que se dilataban indefinidamente entre abogados, legisladores y audiencias varias, a veces, con enfrentadas competencias.

LOS NAIPES EN CHILE HASTA 1778

Como era habitual, y dada la extensión de los territorios administrados, la renta de naipes solía subarrendarse con otros agentes para las distintas demarcaciones. Así, en 1594, Juan de Arce, obtuvo la contrata para Chile por el término de seis años con la obligación de pagar 1000 pesos oro anuales. Posteriormente, estos naipes eran vendidos a diferentes precios según la distancia al centro de distribución de los mismos, por lo que eran más asequibles en Santiago e iban sumando en las ciudades sureñas (cinco reales), alcanzando su máxima cotización (doce reales) en la lejana Mendoza. Por supuesto, se imponían penas para todo aquel que se arriesgara a vender naipes de forma particular contraviniendo el monopolio: 500 pesos de multa la primera vez y, si se reincidía en el delito, dos años de destierro en los poco recomendables fuertes de la frontera.

Por lo que sabemos, los subarriendos también, a su vez, se subcontrataban. Tenemos el caso del capitán Andrés de Henríquez, quien vendió en 1613 el estanco del puerto de Valparaíso a un tal Andrés García por la suma de 300 pesos, a pagar en cuatro años, con la facultad de perseguir y proceder contra cualquiera que se saltase dicho estanco.

La venta y consumo de naipes se vieron constantemente afectados por la interminable guerra de Arauco (1536-1656) contra los pueblos nativos (mapuches, huilliches, etc.); situación de inestabilidad que alternaba entre años de pacífica bonanza (pocos) y otros en los que, por estar la ciudadanía y el ejército prevenidos y en estado de alarma, decaia el juego y, en consecuencia, el negocio no prosperaba. El conflicto fue especialmente crítico entre los años 1626 y 1637, cuando los adjudicatarios, el ya mencionado capitán Henríquez y el alférez Pedro de Emparán, solicitaron y obtuvieron de la Real Hacienda una rebaja en el total ya abonado de la contrata en curso.

Según consta en los archivos, el mencionado Pedro de Emparán habría gestionado el estanco de naipes durante más de veinte años, hasta que en 1649, y debido a una deficiente administración de sus negocios, tuvo que entregar dicho estanco a Miguel de Orozco, el nuevo adjudicatario, dejando en depósito 2.000 barajas (“pintadas a mano”, se dice) con sus correpondientes moldes, de los que se ignora si habían sido tallados en Chile o traidos de España. Se encargó una tasación de todo este material a Jerónimo Ruiz, platero de oro, y al sargento Nicolás Núñez, platero de plata. Desconocemos la capacidad de tales orfebres para resolver dicho peritaje, lo que nos hace suponer que, aparte de los elementos mencionados, los bienes de Pedro de Emparán debían comprender algún que otro objeto valioso.

Obviamente, las ventas no eran homogéneas en todo el territorio; y así, sabemos, por un informe de 1653, que la ciudad de Concepción era la principal consumidora de naipes, con 2.500 barajas al año; la seguían Santiago, con 1.095; Cuyo, 400; La Serena, 300; Valparaíso, 200; y cerraba, con 150, el partido de Aconcagua. Sinceramente, con estas modestísimas cifras de ventas (que no llegan a 5.000 barajas anuales), sorprende que el estanco rindiera algún beneficio; pero así parece ser, según un sumario estadístico de la tesorería general de Santiago que resume, entre 1651 y 1680, y con sus evidentes y presumibles oscilaciones, el rendimiento anual del estanco, alcanzando éste su máximo en 1657 (finalizada la guerra de Arauco) con 2.587 reales, y unos insignificantes 79 reales en 1674.

Aun así, la Real Hacienda debió de entender que era éste un lucrativo negocio y que, en consecuencia, merecía la pena ocuparse directamente de la fabricación de naipes en el país y colmar, así declaraban, el amplio mercado nacional, por lo que, entre 1652 y 1698, se creo una rudimentaria y más bien artesana industria que cerró en ese último año por, al parecer, intereses afines al monopolio, es decir, del rey.

Algunos datos del proceso y gastos derivados de esta imprenta, nos los proporcionan las cuentas del asentista Francisco de Orejón en 1653. Por lo que éste declara, el oficial, Luis Ferreira, habría cobrado 600 pesos, a razón de 200 pesos cada año –raro, porque eso implicaría que empezó a trabajar antes de que se creara la empresa–; otros tres empleados, ayudantes del oficial, percibieron 450 pesos por pintar, bruñir (barnizar), cortar y emparejar las barajas; también se menciona el término “tintorear” que parece expresar algo así como preparar las tintas o colores. Otros 600 pesos se gastaron en un indeterminado número de resmas de papel para 2.000 barajas, si bien se puntualiza que se necesitó ampliar el número de estas resmas (se supone que para otras tantas barajas) debido a la gran cantidad de desperdicio que se generaba, perdiéndose mucho papel, al resultar los pliegos inservibles por salir arrugados y marcados (¿manchados?) de la prensa.

Buena parte de estos defectos se atribuían también a que los moldes de madera producían una impresión “borrosa y confusa”, por lo que se encomendó al grabador y maestro platero Joseph de los Reyes que preparase unas planchas en bronce, más resistentes y perfiladas, ajustándose el trabajo en 170 pesos y ocho reales. Nuestro hombre debió de tomárselo con tranquilidad (o quizás era perfeccionista y minucioso en extremo), ya que al cabo de un año sólo había grabado las figuras, lo que impacientó a los oficiales de la Real Hacienda quienes determinaron resarcirle el contrato, retenerle las planchas ya talladas y derivar el trabajo a dos españoles, el maestro Cristóbal de Castro y el oficial Marcos Rodríguez, confiando en que la supuesta mayor pericia de éstos acortaría los plazos de entrega. No obstante, parece extraña esta decisión, ya que estos supuestos “expertos” ejercían en realidad como impresores, al menos desde 1694, en el establecimiento de referencia –con los respectivos sueldos de 300 y 200 pesos anuales–, desconociéndose que tuvieran habilidad alguna en el complejo arte del grabado.

Evidentemente, Joseph de los Reyes se manifestó en contra de esta decisión, reclamando que se le devolvieran las planchas, y alegando que había sido engañado en la valoración de su trabajo, dado el tiempo que había dedicado al mismo para ejecutarlo con la perfección que éste requería, por lo que demandaba que se procediera a una nueva tasación acorde con sus pretensiones. Algunas personas influyentes mediaron en este espinoso conflicto ante los oficiales reales, consiguiendo que se le retornaran las planchas al maestro platero, así como que una comisión de peritos estudiara un ajuste sobre la cantidad impugnada.

A tales efectos, el mediador de Joseph de los Reyes, el capitán Joseph Serrano, presentó una demanda ante la Real Audiencia, reclamando el pago de unos justos honorarios a su representado. El fiscal alegó que no había lugar a tal exigencia, ya que un maestro en su oficio estaba en condiciones de conocer previamente el valor de su trabajo, y que no podía llamarse a engaño en lo tocante al precio acordado sobre el mismo. Serrano replicó que su defendido nunca antes había emprendido un cometido similar, es decir grabar en bronce unas planchas para naipes, y que, por lo tanto, no podía calcular de antemano ni el tiempo que éste le supondría ni saber si el precio estaba bien ajustado.

No salió malparado Joseph de los Reyes ya que, en 1697 y después del acostumbrado y largo procedimiento (éste se había iniciado en 1686), la Junta de Hacienda aprobó el pago de 480 pesos al perseverante maestro platero.

Existe, no obstante, otra interpretación de los hechos, según la cual Joseph de los Reyes sí habría cumplido con el encargo demandado, en algo más de un año, grabando a la perfección los cuarenta naipes de una baraja, pero consideraba el maestro que su trabajo merecía una cantidad superior a la acordada, por lo que solicitaba encomendar una nueva tasación a personas de reconocido prestigio en la materia. El fiscal del caso recurrió al capitán Francisco Vidal (suponemos que conocedor de tales asuntos), quien dictaminó que él mismo no habría ejecutado ese trabajo por menos de 500 pesos. Otro de los testigos solicitados, Francisco Daza y Miranda (del que se dice “maestro fraguanero”, suponemos que herrero), concluyó, con el citado Francisco Vidal, que la obra era “acabada, perfecta y difícil” y que cada una de las cartas talladas bien valía doce pesos cada una, lo que sumaba los 480 pesos que, acorde con ambas versiones, le fueron pagados –con la referida demora– a Joseph de los Reyes.

Fragmentos de naipes atribuidos a Joseph de los Reyes, impresos a finales del siglo XVII

Fragmentos de naipes atribuidos a Joseph de los Reyes, impresos a finales del siglo XVII.

Como ya se ha dicho, en 1698 se suspendió en Chile la fabricación de naipes.

De aquellos años se ha conservado muy poco, apenas unos fragmentos de naipes atribuidos al ya mencionado Joseph de los Reyes, cuyo demediado jinete de oros parece remitir a algún cuerpo militar. También han quedado unos naipes numerales de oros y copas –que parecen ser obra de un tal José Camilo Gallardo– que muestran cómo afectaba la falta de papel a esta minúscula industria, al tener que ser compuestos mediante el encolado de hojas de libros ya impresos; como se puede comprobar en los naipes que se muestran mas abajo, donde quedan al descubierto, sobre todo en el tres de copas, al menos dos capas pegadas en sentidos opuestos. Estos libros parecen tratar –y como no podría ser de otra forma– de educación religiosa, bien con consejos edificantes o con ejemplares vidas de santos –aquí parecen referirse a san Martín– y, por supuesto, en riguroso latín.

Naipes de un posible José Camilo Gallardo, confeccionados mediante hojas de papel ya impresas para darles la debida consistencia y rigidez. © Colección Museo Histórico Nacional

Naipes de un posible José Camilo Gallardo, confeccionados mediante hojas de papel ya impresas para darles la debida consistencia y rigidez. Copyright© “Colección Museo Histórico Nacional”.

Si no se fabricaban naipes en Chile éstos tenían que ser suministrados, forzosamente, por el estanco pero, al parecer, éste no funcionaba con la debida diligencia en cuanto a la observación y vigilancia de las normas que regían las leyes del monopolio, consintiéndose, por neglicencia u omisión, la entrada “muy considerable” en el virreinato de naipes ajenos, propiciada tanto por españoles como por extranjeros. Esta circunstancia provocó la indignación del rey Felipe V quien, viendo peligrar sus “reales” intereses, emitió un severo Real Decreto en 1729, instando a la implantación de estancos de naipes en todas las provincias, ciudades, villas, etc. del virreinato y exigiendo que se persiguiese con todo rigor y severidad cualquier incumplimiento de las normas determinadas en su resolución... añadiendo que se le notificase puntualmente de los rendimientos producidos por el arrendamiento de esos estancos.

No volvemos a tener noticias relacionadas con los naipes en Chile hasta 1777, cuando un tal Joseph Ruiz de Rebolledo solicitó ante las autoridades competentes la concesión a su favor del monopolio de la fabricación de naipes por el término de diez años, comprometiéndose a pagar 500 pesos anuales a la Real Hacienda, siempre que él pudiese venderlos a un precio mínimo de 4 reales. Como era de esperar, el gremio de comerciantes, viendo peligrar sus intereses como intermediarios, se opuso a la solicitud de Ruiz de Rebolledo. Tampoco estuvo de acuerdo el fisco, aduciendo los gastos derivados de los derechos de salida del puerto de Cádiz y del impuesto de la aduana de Santiago (¿qué derechos y qué impuesto, si los naipes se iban a fabricar en Chile?). Sea como fuere, y considerando tales antecedentes, la Junta de Hacienda rechazó las pretensiones del solicitante alegando cierta Real Cédula de 1761 que otorgaba a este organismo la administración del estanco.

No obstante, parece ser que esto no funcionaba exactamente así, y que sí existía una encubierta (y quizás consentida) fabricación de barajas en el país, como lo confirma las dos muestras de naipes, muy similares, que mostramos a continuacion. Se trata de diseños muy rudimentarios, que bien pudieran estar relacionados con el folclore local, como lo demuestran las sotas, ataviadas a la moda criolla de mediados del siglo XVIII, con amplias faldas de cintura estrecha, en ruedo y hasta media pierna, así como el rebozo o amplio pañuelo sobre los hombros y recogido en el pecho; también los reyes parecen estar cubiertos con algún tocado propio de los miembros del Cabildo de Santiago. En ninguna de las muestras aparece el nombre del posible fabricante, pero llama la atención la profusión de irregulares textos insistiendo en el (supuesto) año de fabricación, 1778, y en la más que discutible calidad de los naipes, a los que se califica de “superfinos”.

Es evidente, por otra parte, que esta fabricación existía, como lo demuestra un informe que el gobernador del Chile, Tomás Álvarez de Acevedo, trasladó a José de Gálvez –visitador extraordinario del virreinato y, posteriormente, secretario (ministro) de Indias– donde se declara que se habían recogido (requisado) todos los moldes “con los que se fabricaba [naipes] en la ciudad”, añadiendo que “no se han podido recoger los moldes que existen en manos particulares”. Para terminar, en un inventario efectuado en 1804 en la Dirección de Tabacos se expone que se encuentran allí depositados dos moldes de bronce y tres de madera para hacer naipes, lo que se testifica “por si algún día pudieran ser útiles”.

Naipes de una baraja de tipo criollo, fechada en 1778. © Colección Museo Histórico Nacional

Naipes de una baraja de tipo criollo, fechada en 1778. Copyright© “Colección Museo Histórico Nacional”.

A la izquierda, sota de espadas de la baraja de 1778; a la derecha, ilustración del traje típico criollo femenino.

Nota: la edicion de LA SOTA 51 mencionada se puede pedir en el sitio web de Asescoin

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23 Articles

By Alberto Pérez González

Spain • Member since December 21, 2016

I am a researcher and my primary interest lies in playing cards manufactured in Cádiz (not the 'Cádiz' type in general). I have authored several articles in the annual Asescoin magazine 'La Sota'. Among them are: “Madrid’s Playing Cards from the 17th to the 20th Century”; “New Contributions to the Study of Playing Cards in the Valencian Country”; “The Fouquets: 'Navarra pattern' in the Netherlands”; “Divided Playing Cards: Combining Ingenuity with Skill”; “Here Be Dragons: Speculations on the Evolution of the so-called 'Portuguese' Pattern”; “Playing Cards in Chile: News and Chronicles from the Viceroyalty Era”...

I have written and designed the book “Los Naipes de Cádiz” (296 pp). Additionally, I have contributed to the design, layout, and collaboration in Enrique García Martín’s book “Naipes, Arte y Fantasía” (444 pp).

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